Panorama general
Panorama general de la época.
Durante el siglo XVII se realizaron grandes avances en la matemática la filosofía y la ciencia pero sin embargo a la gente de esa época le resultaba muy difícil aceptar las nuevas concepciones científicas sobre el universo y sobre Dios, incluso son conocidas las persecuciones sufridas por Galileo y otros pensadores. A principios del siglo XVIII sin embargo, las nuevas ideas racionalistas fueron bien recibidas por una comunidad que tenía una formación intelectual más amplia. El impacto que tuvieron estas ideas en la sociedad fue enorme y así fue recibido por sus contemporáneos.
El avance de la colonización y la idea general de que las personas eran dueñas de su propio destino, entre otras razones, fue generando un sentimiento de confianza en el futuro; también hubo un avance muy significativo del escepticismo religioso, sobre todo entre los intelectuales y la nueva clase comerciante, y un cuestionamiento general de las instituciones políticas. Los hombres desarrollan una nueva comprensión de su entorno que modificó actitudes sociales en gran medida. Los misterios de la creación parecían explicarse mejor a través de los procesos del pensamiento racional que por la revelación divina o por los mitos. Gran parte del optimismo generalizado de la época se basaba en la constatación de que la investigación científica abría nuevas puertas al conocimiento, a la riqueza, y al poder.
Un puesto muy importante dentro de estas ideas lo ocupa la forma de concebir la naturaleza y la actitud del hombre frente a ella. El siglo XVII adoraba la idea de artificio, como se ve en los palacios y los jardines de la época todo lo que estaba a la vista debía ser modificado por el hombre poniendo así en práctica la idea de Dios de “llenar la tierra y someterla”. En el siglo XVIII, con una diferente comprensión del entorno, el hombre siente que vive en su seno. Si antes se veía a Dios como el ordenador de la jerarquía social, que estaba por encima de los reyes y los papas, ahora se empezó a ver a Dios en el mundo que rodeaba al hombre, por ejemplo en el escenario salvaje de una montaña. Lo sublime de la naturaleza se convirtió en una suerte de sinónimo de lo divino. Esta actitud produjo en artistas y filósofos una adhesión poderosa y universalmente aceptada al dictado de Aristóteles: el arte imita a la naturaleza.
Algunos músicos escribieron sobre el significado de su arte y expresaron las ideas corrientes sobre estética musical entre los compositores. Para más detalles se recomienda leer a (https://es.wikipedia.org/wiki/Johann_Mattheson, https://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Avison.) Una de las ideas básicas que expresan es la de los fundamentos morales de la música: su función es hacer que los oyentes amen el bien, la belleza, la virtud y rechacen el mal. Me acuerdo ahora de que Ernesto Epstein, en una clase nos contó que a Haendel lo criticaban por la seriedad de su música, a lo que respondió “no hago música para divertir a los hombres, sino para hacerlos mejores”.
Sin embargo frente al principio de la imitación de la naturaleza estos músicos se encontraron con dificultades. Reconocen que la música como arte imitativo tiene muy reducidos poderes y consideran que reducir el arte a una simple imitación es reducirlo al más bajo nivel. Avison llega a sugerir la existencia de un sentido interior y peculiar, de naturaleza mucho más refinadas que los sentidos externos, que permite disfrutar de la melodía y la armonía a todo aquel que esté dotado de él. Un punto muy importante en el que coinciden varios autores y que se refleja en la práctica musical de la época es la necesidad de variedad en una misma composición.
Éstos y otros autores tenían una fe común en un puñado de premisas que compartían con la mayor parte de su entorno social y trataban de conciliar el hecho musical con ellas. Ellos pensaban que la respuesta de la parte ilustrada de la sociedad debía ser “correcta” para la sociedad entera. Lo que hacía falta era que toda la sociedad acceda a la educación adecuada: los nacientes ideales igualitarios admitían que no todos eran iguales al nacer pero podían aspirar a la igualdad. El siglo XVIII se nos presenta como una época de reglas y edictos en el que el “gusto” estaba por encima de todo. La posteridad lo valoró tradicionalmente como un período en el que la forma tenía más relevancia que el contenido y las maneras eran más importantes que la sustancia; ellos nunca se vieron a sí mismos de esa manera.